La educación que le damos a nuestros hijos o hermanos es fundamental desde sus primeros años de vida, pues acabará determinando su relación con nosotros, así como, su personalidad. Basar su pedagogía en el miedo es un gran error.

Siempre se dice que los niños son como esponjas, puesto que absorben todo lo que ven y escuchan. Es por esto, quizá, que su educación es imprescindible para que acaben siendo adultos respetuosos consigo mismos y con el resto de la sociedad.

Uno de los grandes errores del proceso educativo es la utilización del miedo para conseguir que un niño obedezca cualquier cosa que le digamos. Ese mundo de temor que creamos tiene como objetivo que el menor se atenga a las consecuencias y acabe haciendo lo que le decimos. Es lo que entedemos como «educar a través del miedo».

Aún a sabiendas de que esta forma de proceder no es la adecuada, todos hemos escuchado ejemplos como «si no haces esto va a venir el Coco, el tío del saco…», «si no te portas bien no te voy a querer», etc. Tal y como dice Daniel Pérez en ‘GuíaBurros: el arte de educar’, se han utilizado los miedos como alternativa para educar cuando, en realidad, paralizan, no resuelven ningún conflicto.

Los miedos no son innatos a cualquier niño, sino que son adquiridos por diferentes circunstancias. Hay que hacer entender a los niños que esos temores no forman parte de su personalidad, por lo que al igual que vinieron, hay que retirarlos.

Miedo al fracaso y/o al éxito

El temor el fracaso se puede resumir en el sentimiento que tiene un niño o un adolescente cuando pretende «dar la talla» en algo conforme a las expectativas que se tienen de él pero que, realmente, considera que no va a poderlo conseguir. Para poder combatir este miedo, basta con conseguir que el crío sepa verdaderamente qué es lo que puede hacer y cuáles son sus capacidades reales. Por ejemplo, hacerle ver que el mero hecho de sacar una mala nota en un examen no le hace un negado para los estudios.

El miedo al éxito, sin embargo, se trata de la paralización que sufre alguien cuando no se cree capaz de conseguir un objetivo. En otras palabras, «como no puedo/valgo para hacer esto, no me interesa».

Ambos temores están relacionados, pues se fundamentan en el planteamiento no adecuado de metas y la infravaloración de sus capacidades. Es por esto que debemos siempre incentivar a que los niños y adolescentes se planteen objetivos que permitan desarrollar su potencial al máximo sin que se «agoten» al intentarlo.

Miedo al rechazo y/o al abandono

Suelen ser una derivación del empeño que ponen en ser aceptados por determinadas personas que quieren tener dentro de su vida.

El miedo al rechazo se basa en la convicción de que no se posee la calidad suficiente para ser admitido por otra persona. Es importante recordar que, cuando un niño tiene este temor, es porque no concibe que, quizá, el individuo por el que quiere ser aceptado, no tiene la capacidad de aceptar.

Por otro lado, el miedo al abandono supone no sentirse lo suficientemente válido como para seguir perteneciendo a las relaciones de aquella persona a la que quiere y/o admira.

Miedo a la pérdida

Este miedo supone el temor a que desaparezcan personas, obejtos o situaciones que, hoy por hoy, forman parte de la vida del niño. Puede ser por fallecimiento o simplemente por la propia decisión de la otra persona de retirarse. En este último caso, es necesario tener en cuenta que un deseo excesivo de mantener algo provoca un sentimiento de rechazo en la otra persona.

Relacionado con este se encuenta el temor a la muerte. Los niños no, pero en muchos adolescentes es un tema recurrente en su cabeza.

Miedo a lo desconocido

Probablemente, este es el tipo de miedo que está relacionado con todos los anteriores. Pero, a su vez, es el más absurdo pues no hay una verificación absoluta de que el futuro vaya a ser peor que el presente.

Para poder retirarlo simplemente basta con aceptar las capacidades de cada niño, apoyarle y ayudarle a centrarse en el presente para que no tenga miedo de cualquier cosa que esté por venir.

Los educadores son los principales responsables de la educación que acaban adquiriendo los niños, por lo que deben ser, además, conscientes de que infundir miedos no es nada beneficioso para ellos. Han de centrarse en retirarlos a tiempo para ayudar correctamente a su formación.